La bicha

El otro día leí que, por el cambio climático, muchas de las bichas de por aquí están desapareciendo”, me dijo la señora que viajaba en el asiento de al lado. “Quizás se estén mudando todas a Londres, buscando más lluvia”, pensé, contestándole en silencio con mi mejor cara de preocupación.

Aquel pensamiento me acompañó el resto del viaje hasta que, al bajar del tren, un bofetón de calor asfixiante me dio la bienvenida a mi tierra. A pesar de ser finales de verano, el sol andaluz seguía pegando con ganas, como si tuviera algo que demostrarle a la amenazante lluvia del otoño.

Conforme me acercaba a mis padres, y en la medida en que la miopía me lo iba permitiendo, empecé a distinguir el paso del tiempo entre sus expresiones irradiantes de felicidad. El almuerzo con ellos me trasladó a años atrás, cuando era solo una niña y vivía en aquel remanso de paz, seguridad y persianas bajadas. Cuando mi padre empezaba a dar cabezadas en el sofá con el ruido de un documental de reptiles de fondo, me dispuse a integrarme en el estofado folclórico que se cocía a fuego lento varias calles más abajo.

Anduve en soledad, observando mi pueblo de fiesta con los nuevos ojos que me había regalado el emigrar. El sofocante calor, el estruendo de los cohetes rompiendo el cielo, el sonido de las pezuñas de los caballos contra los adoquines, las sevillanas cantadas a coro sonando desde alguna calle cercana… Todo tan familiar como distante.

Cuando me reuní con mis amigas de siempre, me acribillaron a besos escandalosos, abrazos muy intensos y una retahíla de preguntas con las que pretendían conocer, en cuestión de minutos, aquel último año de mi vida. “¿Por qué me hablarán tan alto?”, me pregunté mientras seguían achuchándome como a un bebé regordete, aunque menos receptivo y más rígido.

En aquella caseta a reventar, todos me saludaban con mucha efusividad, y los que no me conocían, me miraban con descaro de arriba a abajo; ya no era aquella mujer invisible que había partido esa misma mañana de la capital británica.

En plena borrachera de felicidad, alcohol y jarana, los más cercanos, los importantes, nos alejamos hacia el campo para charlar a la vera del río, bajo ese cielo oscuro intenso e increíblemente estrellado del que nunca me había percatado hasta entonces.

– ¿Y si nos pica una bicha?

– Tranquila, aquí ya no hay.

Nuestro ambiente festivo se fue apagando, y hablamos sobre lo que sentíamos, de una forma tan sincera como dolorosa, intentando no mencionar que el tiempo juntos que se nos escapaba ya sería imposible de recuperar.

Justo cuando un nudo se empezaba a instalar en mi garganta, me pareció ver una sombra oscura reptando cerca de nosotros. “No puede ser”, me dije, y me levanté de un salto para perseguirla, con una mezcla de miedo y atracción a partes iguales.

La sombra se escabullía con rapidez y sigilo, adentrándose en un laberinto de surcos y naranjos que, a la luz de la luna, habían cambiado el color verde de sus hojas por un negro brillante. De repente se abrió un claro entre aquella frondosa arboleda, mostrándome el canal rebosante, listo para el regadío.

Me acerqué a aquella hendidura de hormigón y descubrí una enorme piel seca, alargada y con marcas de escamas reposando en el filo, pero ni rastro de su dueña. Reuní valor para asomarme y, cuando miré sus aguas, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo: había encontrado a la bicha, que se despedía de la piel que le perteneció en un momento dado, consciente de que la dejaba atrás para siempre.

 

————————————————————————–

Relato publicado en: http://www.eliberico.com/la-bicha-relato-ganador-del-taller-de-escritura-creativa-organizado-por-battersea-spanish.html

Las estrellas

Las noches aquí no tienen estrellas. Un día, cuando subía los escaloncitos de hormigón para entrar en mi casa victoriana, subí la mirada y me sorprendió ver lucecitas en el cielo. Un solo día en cinco años.

Lo cierto es que nunca fui persona de mirar al cielo. En mi país solo lo hacía durante esos atardeceres eternos: aquellos naranjas mezclados con rosas y celestes se extendían por el horizonte, robando la mirada a cualquier persona con sentido de la vista.

Pero mirar a un cielo oscuro adornado con estrellas siempre hacía que un escalofrío recorriera mi cuerpo, el mismo que cuando despego en un avión, me asomo desde un edificio alto o pienso en la muerte.

Hasta que un cielo de diciembre lo cambió todo. Iba a almorzar con unos amigos en un campo, uno de esos grandes planes que hacemos desde que ya no vivo allí.

Según las indicaciones que me habían dado, para llegar a la parcela en cuestión había que desviarse de la carretera y entrar en un camino de tierra. Dicho camino estaba flanqueado por filas de chalets donde solían veranear los residentes del pueblo, como era costumbre desde que yo era adolescente.

Al llegar al final del camino, uno de mis amigos me estaba esperando, y con un palo que tenía en la mano, me indicó por dónde se entraba.

Era una parcela con suelo de tierra, a un lado un pequeño huerto con habas, pimientos, cebollas y tomates, al otro, un pequeño zoológico de animales cercado por una valla de madera, en el centro, el chalet levantado con esmero durante varios años.

La casa era el fiel reflejo de su dueño. Empecé a observar, descubriendo poco a poco los pedacitos de su personalidad plasmados en distintos detalles: la escultura del cantaor flamenco, el recuerdo del San Fermín, la foto de aquel amigo que nos dejó hace unos años.

Al entrar al chalet, el anfitrión le estaba dando los últimos toques al arroz que, al poco, servimos en la mesa colocada en el porche. Comimos directamente desde la paellera, bebimos botellines, charlamos y reímos con el sol invernal de frente, acariciándonos con calidez.

La tarde se fue consumiendo al ritmo de nuestras palabras, y seguimos dentro alrededor de la chimenea, con esas llamas que te tienen que achicharrar la cara para que la habitación esté caliente.

El crujir del fuego con su luz tenue animaba a los presentes a contar historias de esas que tanto me gustan, y que algún día escribiré, y yo me sentía feliz y arropada, sin acordarme de que la felicidad no es un estado permanente.

Cuando decidimos salir de la casa para irnos, la noche ya era cerrada. Las farolas aún no estaban instaladas, por lo que la única iluminación que teníamos venía de la luna. Buscando de forma inconsciente alguna otra fuente de luz, mis ojos se dirigieron hacia el cielo, y fue ese el momento en el que vi aquella infinidad de estrellas: brillantes, dispersas, tintineantes.

Al admirar, petrificada, las lucecitas sobre la oscuridad eterna, recordé. Recordé momentos recientes y antiguos, sensaciones grabadas en mi cuerpo, personas que estaban y otras que ya no están. Entonces la luna me dio permiso para liberarme de mi coraza por unos segundos, y, por fin, dejé que se me encogiera un poquito el corazón, sin que nadie me viera.

Ahora busco ese cielo único y, aunque no lo encuentro, sonrío cuando encuentro esos puntitos brillantes sobre la oscuridad, trasladándome de inmediato a una pequeña parcela en el campo bañada de magia, luna y estrellas.

 

 

La cárcel

Empezar el día, encender la máquina, producir durante horas, el café como propia naranja mecánica, salir a estirar las piernas, alimentarse, volver en una hora, volver a producir, fumar con un compañero, más producir, llegar a tu habitáculo, encender el televisor, alimentarse de nuevo, dormir al lado de una ventana que muestra una libertad inalcanzable y tachar un día de esta estúpida condena.

 

————————————————————————–

Primer intento de microrrelato, animada por una de las tareas del inspirador Eduardo Moga.

Literatura

Recuerdo cuando vi la Mona Lisa por primera vez. Reconozco que estaba nerviosa, todo el mundo me había hablado de lo bonita e inquietante que era, y había leído por ahí que se formaban auténticas colas en el Louvre solo por ver la famosa imagen.

Una vez allí, efectivamente, el cuadro me impresionó. No había colas -me temo que era un mito o que yo había llegado en el momento justo-, pero sí una especie de urna de mármol y cristal que custodiaba la obra de arte. Me fascinaron la delicadeza de la pintura, la perfección de los trazos, lo bien conservada que estaba a pesar de los siglos que habían pasado… Pero lo que más me impactó fue la inaccesibilidad de la obra en sí.

Durante años, esa fue mi relación con la literatura: al abrir un libro era como entrar en un museo, al leerlo, era como admirar una obra, estableciendo siempre una relación más intensa con los personajes literarios que con los pictóricos, algo natural, por otra parte, siendo yo de letras. Pero, como buena Gioconda, la literatura se me antojaba una señora bella, de edad indefinida, que me imponía respeto y me resultaba inaccesible. Se mira pero no se toca.

Hizo falta alguna que otra crisis personal para que me acercara tímidamente a aquella gran diva, pero no llegué más allá de las gruesas cuerdas de terciopelo que marcaban las distancias. Ella, dama altiva y para siempre inalcanzable, yo, una simple admiradora a sus pies.

Y, de repente, abril. Desde hace unos años, en este mes mágico no puedo oler a azahar fresco en las calles, no puedo sentir que el sol me queme la piel ni que la lluvia me bañe de primavera. No puedo enamorarme por vez infinita de una ciudad eterna y salerosa. Pero aquel abril del año 2015 me volvió a hechizar, y esta vez, de la forma más inesperada.

La inalcanzable señora me invitó a bailar. La miré de lejos, me tendió la mano. Nos colocamos frente a frente, empecé a acercarme a ella y hasta la agarré por la cintura. Poco a poco estoy empezando a conocerla tal y como es, dando un pasito hacia adelante por cada diez pasos atrás. Sigue imponiéndome, y lo seguirá haciendo hasta el fin de mis días, pero ahora me envalentono y hasta me adentro en su mundo en primera persona. A veces no nos entendemos y vuelve a tomar distancia, y hasta discutimos por culpa de esa amiga, a veces traicionera, denominada Inspiración.

Pero cuando pasa la tormenta, cuando huele a tierra mojada y empiezan a pasear los caracoles, busco un clavel rojo, se lo coloco en el pelo, y ella vuelve a sonreirme. Y es ahí cuando decido lanzarme al ruedo.